viernes, 29 de mayo de 2026

“TRATADME COMO A UN PERRO”

 


“TRATADME COMO A UN PERRO”

-Pequerrechiña.

Cuando mi abuelo se presentó con el acostumbrado regalo que acompañaba sus escasas vistas me encontré esta vez con un descubrimiento. Con un gran descubrimiento.

Lo que me trajo se trataba de la figuración, en material muy agradable al tacto, de una simple “mariquita”. Pieza que era lo suficientemente pequeña como para producir ternura y lo suficientemente mediana como para sentirte acompañada.

No era un peluche y no se de que estaba hecha, pero el caso es que mi abuelo, rápido como el viento, no dejó reaccionar a mi interior cuando éste iba a empezar a discernir si “me gustaba o esperaba otra cosa”.

Porque nada más ponerla en mis manos, me dijo con su guasa serio/divertida y charlatana habitual: “Se llama Pequerrechiña. Y te quiere tanto que cuando estés tocando el violín ella va a estar callada para no molestarte; te quiere tanto que cuando estés durmiendo ella va a estar callada para no despertarte; te quiere tanto que cuando estés viendo la tele ella no dirá nada para no distraerte; te quiere tanto que cuando te vayas al colegio ella se quedará en casa tranquila y en silencio para que no te preocupes”.

Solo tenía ese abuelo. Dos abuelas y un abuelo, ese. Un abuelo que ese día empecé a ver como alguien distinto.

Sin duda era porque yo había hecho parvulitos en una guardería llamada PEQUERRECHOS por lo que mi recién estrenado “animal de compañía”, por lo que su simplón pero mágico regalo, se llamaba Pequerrechiña (amén de que de toda la familia fui la única que nació en Galicia y pequerrechos en gallego significa “pequeñines”).

Mi abuelo, cuyo nombre no cito por eso que llaman la protección de datos, ya era para mi algo muy especial pero a partir de ese día, esa ocurrencia de convertir un vulgar juguete, mudo por naturaleza, en alguien que “voluntariamente no hablaba”, unida  a que mi mente  tal vez había crecido por dentro y captaba más cosas, me hizo empezar a verlo como alguien digno de estudio.

Pues no va el muy cachondo y al día siguiente, cuando mejor informada, le digo que se trata de una “mariquita”, con voz de intelectual me justifica no sólo sus silencios (los de la Pequerrechiña) sino que incluso me cuenta que si le pregunto “que si me quiere” mirándole fijamente a los ojos y quedándome en silencio, ella, sin hablar, para que se oiga, me va a decir que mucho. Y que me lo va a decir con la mirada, que es como mejor se dice “te quiero”. ¿Habrá abuelo más zalamero?

Como no vivíamos en la misma ciudad pasaron los años con encuentros muy espaciados y cortos. Aunque ocurrió que mi entrada en la adolescencia, y en la universidad, y en lo amores tempranos, me mantuvieron muy feliz estuviera él o no.

Eso sí, entrar en los círculos de los adultos me permitió descubrir que abuelo era, o podría ser, problemático en medio de un sociedad ñoño-conservadora.  Porque era políticamente audaz y porque, como un día oyó y con frecuencia repetía sonriendo pícaramente, él era de aquellos a los que “les gusta el sexo por encima de la media”.

Esto, o que, también copiando a otro, se definía como “promiscuo no practicante” tal vez le llevó a escribir a escondidas textos escabrosos que rozaban lo pornográfico.

Estos relatos subidos de tono, según supimos años después, eran 48. Y abarcaban desde algún microrrelato hasta un texto de 400 páginas que escribió durante el confinamiento de la pandemia del COVID-19 que le pescó solo (estaba divorciado).

Sin embargo, tal vez el detalle o la anécdota más significativa de su peculiar carácter fue cuando nos expuso a la familia cómo debíamos actuar si perdía la razón, la memoria y no se acordaba de nada. En ese caso, nos dijo “tratadme como a un perro”.

Lo decía sonriendo: “Tratadme como a un perro”. Para pasar a argumentarlo. “Mirad, un humano es un animal-racional, pero si pierde la cabeza, si deja de razonar, si deja de ser “racional” se queda en un animal a secas, en un animal en estado puro. Y yo – seguía hablando- veo que los perros son felices con los arrumacos de quienes les quieren, con los achuchones de sus amos, con el reconocimiento visual u olfativo de quienes les tratan bien. Así qué, si paso a ser vuestro perro y me tratáis como tal, seguiré siendo feliz”.

-“Abuelo te tratare cómo a mi Pequerrechiña”, dije yo para rebajar la humedad relativa del aire ocasionada por algún lagrimal. Y en mala hora lo dije, pues no muchos años después su deterioro mental arrancó a un ritmo trepidante.

Haciéndose más evidente su decadencia cuando empezó a mencionar un único asunto, cuando empezó a tratar un solo tema: Que dónde estaban sus 48 “relatos prohibidos”.

-“Abuelo ¿qué tal estás?”. Y respondía: _-“¿Dónde están los 48?”. -“Abuelo ¿qué quieres comer?”.  Y respondía: -“¿Dónde están los 48?”.

Su mente se deslizaba por el tobogán de un absurdo. Empezó diciendo que habían robado sus 48 relatos prohibidos y ahora no hacía más que preguntar por ellos.

El caso es que algo de razón llevaba, pues la familia había decidido encontrarlos y, o ponerlos a salvo o destruirlos según el grado de concupiscencia que alcanzaran.

Por cierto, antes de seguir expongo aquí uno de los ya famosos 48 relatos, para que se pueda juzgar de que hablamos.

ESCLAVA

Andrés (mi marido) ya me había insinuado en varias ocasiones que fuera lo más simpática y “abierta” posible con su jefe, y ahora, mientras desnuda pensaba en qué me iba a poner para la fiesta que íbamos a dar, recordé las últimas palabras de Andrés, dichas antes de pasar a recoger a su admirado jefe (“No me defraudes y tú serás la primera beneficiada”).

Decidí no ponerme ropa interior. Lo cual eliminaba la posibilidad de ponerme el vestido de seda blanca por demasiado tenue y transparente. Me tomé un agradable baño pensando en cómo actuar en esa fiesta a la que Andrés había invitado sólo a hombres (todos superiores suyos en la empresa). En realidad, más que una fiesta era una simple velada en nuestro chalet, con cena fría, para “estrechar-lazos” entre compañeros.

Me cabreó un poco que Andrés me “prostituyera”, en lo que podíamos llamar prostitución industrial, así que al verme allí, imponente ante el espejo, decidí “pasarme”, por lo que me puse el vestido blanco, justo el que me parecía demasiado escandaloso.

No solo era suave como sólo la seda puede serlo, sino qué debido a mis potentes tetas y mis promiscuos pezones, me hacía más incitante que aún desnuda. Pero es qué, además, por delante, se abría en una larguísima apertura central hasta pocas pulgadas del pubis. Pubis qué por otra parte, al ir sin bragas, se marcaba oscuro, debido al vello, en la unión de mis muslos.

Desde luego, cada vez que me sentara, si no ponía cuidado mi coño quedaría expuesto a aquellas miradas que estuvieran atentas.

El jefe de Andrés tenía poco más de 50 años, era fuerte y alto, tirando a grueso, y sin ser atractivo, era lo contrario al señor bajito, repugnante y baboso que se suele uno imaginar como magnate, o al menos esa fue la sensación que tuve el día que me lo presentó Andrés.

Al oír el coche bajé corriendo con la intención de estar en el vestíbulo cuando entraran. Oí la campanilla y abrí….la sorpresa fue grande pues en vez del grupo de 4 o 5 hombres que esperaba, los que estaban bajo el porche era Andrés, su jefe, y la señora de éste, bastante atractiva, por cierto.

Me sentí inquieta por mi vestimenta, demasiado obscena, ante la presencia de aquella señora. Temía su juicio más que si hubieran sido todos hombres. ¡Curioso!

Pero una señal de Andrés, dándome un aprobado “cum laude”, me normalizó el alma y saludé gentil.

El jefe de Andrés se llamaba Don Pedro (no había forma de desmontar el “Don” de su nombre; ni él mismo ayudaba a ello porque le gustaba la situación). Y su mujer, bastante más joven (sobre 35) se llamaba Concha y era guapetona aunque metida en redondeces.

Naturalmente sus miradas me devoraban, aunque lógicamente más las de él que las de ella.

Se me veían los pezones y se me traslucía el pubis.

Durante el ir y venir, enseguida noté la proximidad de Pedro, rozándome con sumo cuidado, me refiero a “con coartadas”. Pero cada vez más. Ello también le era posible porque Concha parecía estar muy inclinada hacia Andrés, y ello nos iba dejando cada vez más solos.

Al mirar desde la terraza los alrededores, Pedro se apretó desde atrás contra mis nalgas, haciéndome notar toda su virilidad. Le dejé hacer, aunque no tanto por el deseo de Andrés como en premio a la osadía demostrada.

Después pasamos a cenar y durante ese rato la ofensiva amainó, tal vez por tener la boca llena y haber salido como conversación el tema “empresa”, lo que unido a que el ir y venir lo teníamos que hacer las mujeres, pues….

En esas idas y venidas Concha alabó a Andrés, felicitándome por el marido que tenía, e indicándome a su vez del suyo que era mujeriego pero que ella no le importaba pues era poco celosa.

A la hora de la sobremesa Concha pidió a Andrés que le llevara a dar un paseo por el jardín. Yo tenía una copa para ofrecérsela a Pedro que estaba sentado.

Entonces al quedarnos solos le acerqué la copa y me senté frente a él en el sofá. El vestido se descorrió y mis muslos, morenos y brillantes, quedaron desnudos. Cruce uno sobre otro procurando exagerar la postura hasta ofrecerle parte de mi humedecido coño.

Debí lograrlo pues sus ojos quedaron como clavados durante unos segundos. Tratamos de hablar. Luego me pidió que le enseñara la casa pues le gustaba mucho….Me tomó por un costado durante el recorrido, presionando sus fuertes dedos sobre el flanco de mi teta derecha. Temblé.

Cuando le iba a enseñar el dormitorio cerró la puerta tras de sí y me arrebató contra su pecho, besándome. Acepté el beso dejándole meter su lengua en mi boca, pero él fue más audaz y metió su mano entre la abertura del vestido, tomándome con la mano abierta mi empapadísimo coño.

Cuando pude respirar cumplí diciendo: “Por favor Don Pedro”. “Calla -dijo, apretándome el coño hasta hacerme daño-vas ser mi esclava”

“De eso nada”, dije soltándome. “Lo vas a ser porque te gusto, porque tu marido depende de mí y porque amas el dinero”.

Me volvió a coger.  “No quiero nada de usted”. Me apretó un pecho hasta hacerme daño-placer a fuerza de tirar del pezón. “Me hace daño”. “Quiero verte desnuda. Quítate esa impúdica túnica”.

“Lo voy a hacer, pero no por dinero, ni por mi marido, ni por usted. Lo voy a hacer porque está excitado y temo que además de hacerme daño cause un escándalo”.

Quedé desnuda ante él. Sacó su poya, oscura y hermosa y se echó sobre mí hasta hacerme caer sobre la cama. Me la metió con un leve movimiento y se puso a chuparme los pezones. Ora uno ora otro.

Le sentía dentro, joderme con habilidad y experiencia. La situación era perversa y obscena: él vestido por completo, yo desnuda del todo; y unidos sólo por los genitales.

Su culo subía y bajaba a velocidad de vértigo pero no se corría. Ello me emputecía segundo a segundo, hasta hacer que mis caderas cogieran cada vez más ritmo coincidiendo con la suyas.

Estaba gozando y mucho, cuando de repente me la sacó y dijo: “Chúpamela”. Se puso en pie y me arrodille ante él; le tomé el magnífico miembro y le rodee el glande con los labios, lamiéndoselo con la lengua.

A las pocas lametadas se corrió obligándome a tragar su semen.

Luego me pidió que abriera la boca para ver caer el semen entre mis labios. Me sentí su esclava y tuve ganas de correrme, pero no me hizo más caso. FIN

Como ven no es para tanto, pero su obsesión por lo que había sido su tesoro escondido, su fijación por sus 48 historias de sexo que según él le habían robado, no paraba de aumentar, desembocando  esa pertinaz manía en no hablar de otra cosa que del ya célebre número “48”.

Por eso o porque si, el caso es que no tenía ya memoria para nuestros nombres, ni para las tareas básicas de un adulto, ni para tantas cosas. Su vida giraba únicamente en torno a sus “48 huellas del pecado”.

En buen estado físico como estaba daba una falsa apariencia; salvo que te dirigieras a él, porque entonces su mente sólo le daba una orden, que su boca repitiese: 48, 48, 48.

Hasta que llegó un día en que vimos que “el problema no era el número 48, sino que aparecía escrito dentro de todos los espejos”. Es decir, en todos los espejos de la casa, pintado con carmín, estaba allí, el número 48.

En aquellas fechas, él ya con 95 años y la familia menguada, fuimos los nietos quienes tuvimos que resolver el internarlo, sobre todo cuando el psiquiatra interpretó que esa obsesión del abuelo de escribir el 48 en todos los espejos era una forma desesperada de buscar y buscarse, de verse, en aquello tan oculto de su pasado.

Mi inteligente y sorprendente abuelo había perdido su condición de animal racional, ya sólo era animal.

Por eso, por cariño y obediencia, cuando le íbamos a ver a la residencia (su “colegio mayor” como la llamaba aún cuerdo) lo tratábamos como a un perro; lo tratábamos como nos pidió.

Y veíamos que realmente disfrutaba y era feliz así. Tanto que para la próxima visita voy a llevar a Pequerrechiña, que aún existe, aunque ya como una pelota vieja. Pero por eso precisamente y como tal, se la voy a tirar a lo lejos para que vaya, la coja y la traiga. Y aprovechando que está físicamente en forma, jugar y jugar y jugar, como siempre hicimos, pero con más ternura y cariño todavía. Jugar sin parar, como quieren hacer todos los seres humanos.

Jugar y luego, agotados, abrazarnos. Sus fuertes abrazos parten el alma. Abuelo.

FRANCISCO MOLINA MARTÍNEZ. Zamora. 26 de Abril del 2026

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El problema no era el número 48 sino que parecía escrito dentro de todos los espejos

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